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Crítica de ‘Tótem’: Por Doly Mallet

Redacción

Podría decirse que los primeros segundos de Tótem –nuevo largometraje de la cineasta Lila Avilés, que llega a salas mexicanas este 30 de noviembre– son una destilación de la magistral capacidad de la multipremiada guionista y directora para rompernos el corazón con sutileza.

Acompañamos a la pequeña Sol (Naíma Sentíes), quien viaja en el asiento trasero del auto que conduce su madre, Lucía (Iazua Larios). Juegan y conversan, alegres, entre globos para una fiesta. ¿Será el cumpleaños de la niña? Quizás: su mamá le pregunta cuál será su deseo. Su hija responde que pedirá que su padre no se muera.

Silencio. La afirmación, cargada de inocencia infantil, es devastadora tanto para la madre como para el espectador adulto. Y así, quedan sentadas las bases de Tótem, que se desarrolla en la intimidad de una familia a la sombra de un dolor inminente, pero cuyos miembros encuentran, cada uno, sus propias maneras de lidiar con él.

Cada loco con su tema

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Poco a poco, descubrimos para quién es en realidad la fiesta. Madre e hija llegan a la casa donde viven sus tías, Alejandra (Marisol Gasé) y Nuria (Montserrat Marañón). Ellas organizan el festejo para su hermano enfermo, Tonatiuh (Mateo García), quien convalece recluido en una habitación oscura al cuidado de una enfermera, Cruz (Teresa Sánchez, quien repite con Lila Avilés después de La camarista).

Las respuestas en Tótem no llegan con claridad absoluta ni de sopetón. Avilés, al situarnos de inicio en la perspectiva de la pequeña Sol, nos lleva a abrazar su inocencia. La niña añora ver a su padre, pero la familia se lo prohíbe. Pronto descubrimos por qué: él, débil y malhumorado, reniega de la celebración y lucha con actividades básicas como levantarse o bañarse.

“Está descansando y queremos que esté muy bien en la noche”, dice la tía Alejandra a la niña. Y así, Sol queda atrapada por el tedio de la espera. Con ella, y la cámara como confidente, recorremos la casa y no sólo espiamos al resto de la familia, sino que descubrimos las maneras en que cada uno enfrenta el costo –emocional y económico– de tener un familiar enfermo.

Las grietas en la armonía familiar emergen entre rituales, primos perezosos, pasteles en la cocina, niños que cuidar y dinero que pagar. La rutina aquí no es contemplación vacía ni fútil, sino que la directora logra capturar, en los silencios y espacios de soledad, esa atmósfera tan característica que se percibe al entrar a un hogar triste, estresado, donde vive esa abuela o ese tío convalecientes.

En este sentido, Tótem consolida a Lila Avilés como una directora con una gran capacidad para capturar, desde una mirada compasiva, las emociones más monumentales y complejas en la cotidianidad familiar más íntima.

Tótem y la infancia en el umbral de la adultez

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Sin embargo, con sutileza, la película también arroja preguntas sobre lo que significan estas formas de enfrentar el propio dolor. Las situaciones íntimas que atestiguamos comienzan a volverse pistas, quizá piezas en un rompecabezas sobre la verdad de la situación, quizá los primeros trazos en un mapa para entender la vida.

Porque, en muchos sentidos, Tótem es la vida. A veces, como su título indica, no queda más que tomar algo (o a alguien) como objeto de nuestra veneración colectiva, en celebración de su existencia por medio de los actos más auténticos de amor.

El luto pues, no es realmente para quienes se van, cargando el dolor de su enfermedad, sino para quienes se quedan atrás. Una verdad que, una vez descubierta, nos empuja de golpe a través del umbral de la adultez para entender que, en efecto, parte de la agridulce belleza de la vida está en que no siempre podremos ver aquello que amamos.