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El lujo que dejó de ser un club

Con información de: Agencias

El lujo que dejó de ser un club

La sastrería bespoke nació para unos cuantos. En México, una casa con raíces en la tradición de Savile Row descubrió que el mercado le pedía otra cosa: abrir la puerta sin bajar el estándar.

Durante más de un siglo, el traje hecho a la medida fue una de las señales más claras de pertenencia. En Savile Row, la calle londinense que convirtió la sastrería en una institución, un cliente podía esperar meses por una prenda cortada exclusivamente para su cuerpo. El resto del mundo se vistió con lo que la industria del ready-to-wear le ofreció en tallas estándar, y el bespoke quedó como un privilegio de pocos.

Esa frontera empieza a moverse. Una nueva generación de profesionales entiende la imagen como un activo: la forma de vestir abre o cierra puertas en una negociación, una junta de consejo o una boda. Al mismo tiempo, su recurso más escaso es el tiempo, y no está dispuesta a pasar semanas entre pruebas ni a pagar precios que solo se justifican por una etiqueta. La pregunta para el negocio de la alta sastrería ya no es si existe demanda, sino si su modelo, diseñado para la exclusividad, puede crecer sin perder lo que lo hace valioso.

México se volvió un laboratorio para esa pregunta.

En diciembre de 2018 llegó a la Ciudad de México The Bespoke Club, parte de un grupo internacional de sastrería que durante años había atendido a grupos empresariales bajo un esquema cerrado, solo para socios. Su primer showroom, en la calle Isaac Newton, en Polanco, funcionaba con citas privadas: el espacio se cerraba para cada cliente y se tomaban 36 medidas.

El concepto funcionó. Hubo buenas ventas y la clientela creció entre ejecutivos, directores de empresas multinacionales y empresarios. Pero la operación local también reveló algo que los mercados de origen no habían mostrado. “Nos dimos cuenta de que México es un país mucho más diverso y democrático, y decidimos acercar lo que hacemos a una población mucho más grande”, explica Diego González, Chief Design Officer de la marca.

En 2022, la marca cambió de nombre y de lógica: se convirtió en The Bespoke Company. “The Bespoke Club era para unos pocos. The Bespoke Company es para todo el que quiera vestirse mejor”, resume González.

El giro no consistió en abaratar el producto, sino en reorganizar el negocio alrededor de lo que la empresa llama affordable luxury: la mejor calidad, hecha a la medida, al mejor precio posible. La pieza clave es el control de la materia prima. La compañía produce telas en fábrica propia, lo que le permite sostener la calidad sin trasladar al cliente el sobreprecio de las casas textiles de lujo, aunque también trabaja con firmas italianas cuando el cliente lo pide. Hoy un traje completamente a la medida parte de 24,500 pesos y se entrega en cuatro semanas.

La tecnología hizo el resto. La toma de medidas, antes un proceso artesanal de varias sesiones, se apoya ahora en software con inteligencia artificial, y las citas pueden hacerse en el showroom, en casa o en la oficina del cliente. La otra decisión fue ir más allá del traje. Con el tiempo, la empresa empezó a hacer a la medida prácticamente todo el guardarropa: camisas, abrigos, chamarras de piel, jeans, polos, zapatos y tenis; además de una línea para mujer y uniformes corporativos. Para ordenar ese crecimiento, construyó una arquitectura de cinco marcas que va desde Privée, su línea más exclusiva, con telas que incorporan hilos de plata y de oro, hasta Prominence Accesible, pensada para confeccionar uniformes a volumen para cualquier tipo de negocio.

El modelo también miró hacia el oficio. En México hay alrededor de 500,000 sastres, según la Secretaría de Economía, y muchos terminan el mes con ingresos modestos. La compañía lanzó un programa para que sastres independientes ofrezcan sus prendas a su propia clientela sin invertir en costos adicionales. “Los sastres ya saben tomar medidas y conocen de telas. Queremos que puedan aumentar sus ingresos sin invertir en costos adicionales”, dice González.

La adopción ha sido lenta, reconoce la empresa, porque el oficio tiene mucho de artista y a muchos sastres les cuesta delegar parte del proceso. La apuesta es que, con el tiempo, vean que pueden seguir siendo artesanos sin tener que hacerlo todo ellos mismos. En 2022, el showroom se mudó a la colonia Juárez para acercarse a nuevos canales de distribución. La lección llegó pronto: los clientes la siguieron, pero Polanco era donde vivían y trabajaban. En 2026, la marca regresó a esa zona, a la esquina de Alejandro Dumas y Masaryk, con una identidad renovada.

El siguiente paso es la escala. La empresa busca abrir franquicias para replicar el modelo en otras ciudades del país, mientras el grupo al que pertenece, con operaciones en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, prepara su llegada a los Emiratos Árabes Unidos. El reto será crecer sin diluir la promesa original. Para la marca, esa promesa cabe en una idea: el verdadero lujo no consiste en vestir una marca, sino en vestir una prenda creada para una sola persona.