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Everybody wants to rule the world

Por Adriana Guzmán directora ejecutiva en  Brand PR Digital

En esta etapa de la humanidad donde las potencias económicas se están repartiendo el mundo, solo puedo pensar en la canción Everybody Wants To Rule The World de la banda Tears For Fears (1985), cuya letra resuena con inquietante actualidad: todos quieren gobernar, pero también definir el orden mundial futuro.

La geopolítica de 2026 no es solo una continuación de viejas rivalidades, sino una confrontación estratégica en múltiples frentes: económico, militar, tecnológico y de valores. Las acciones concretas de Estados Unidos, Rusia y China muestran que la competencia por la influencia global no es teórica, sino una realidad que está moldeando alianzas, crisis y políticas internas en todo el planeta.

Estados Unidos: Control hemisférico y geoestrategia activa

La política exterior de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump ha dejado claro que el control del Hemisferio Occidental es un objetivo prioritario. La reciente operación militar en Venezuela —la captura del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026— marcó un punto de inflexión, con consecuencias geopolíticas que aún reverberan en la región y en Naciones Unidas.

Ese operativo no solo eliminó a uno de los líderes más incómodos para Washington, sino que envió un mensaje explícito a potencias externas —especialmente China y Rusia— de que Estados Unidos está dispuesto a intervenir militarmente para castigar a gobiernos considerados aliados de sus adversarios estratégicos.

Más allá de Venezuela, la diplomacia estadounidense ha focalizado esfuerzos en:

Presionar a Cuba, cortando el suministro de petróleo venezolano y buscando un acercamiento directo con La Habana, forzando “acuerdos” bajo su propia agenda.

Reforzar su influencia en América Latina mediante acuerdos de seguridad contra el narcotráfico y contra la presencia china, buscando consolidar alianzas estratégicas con países del Caribe y Centroamérica.

Desde una perspectiva más amplia, Washington ha venido articulando su política exterior bajo el paraguas de una nueva “Guerra Fría 2.0”, donde el objetivo declarado es contener a China y Rusia para preservar el orden liderado por Occidente.

Rusia: Un jugador militar directo… pero con límites estratégicos

Rusia mantiene una presencia geopolítica definida por su enfoque militar y de alianza con Estados que se oponen al liderazgo estadounidense. La guerra en Ucrania desde 2022 sigue siendo la expresión más visible de esta confrontación directa con Occidente, pero Moscú no se ha limitado a ese escenario.

Según análisis especializados, Rusia ha apoyado a Venezuela como contrapeso a Estados Unidos, desplegando desde fuerzas especializadas hasta equipamiento militar, con el propósito de garantizar supervivencia del régimen chavista y limitar el avance estadounidense en el Caribe.

Esta cooperación se encuadra en una alianza más amplia con China y otros países que desafían el dominio occidental, incrementando el comercio bilateral —como sucede con China— y creando mecanismos institucionales para fortalecer vínculos diplomáticos y militares.

La realidad es que la política exterior rusa se ha vuelto sincronizada en muchos aspectos con la de Beijing, aunque cada uno busca sus propios intereses estratégicos, dejando entrever una competencia compleja más que una simple cooperación.

China: Expansión económica y presión militar en el Indo-Pacífico

Mientras Estados Unidos y Rusia se enfrentan directamente en escenarios militares y diplomáticos, China ha apostado por una estrategia dual: económica y militar, con foco en Asia y América Latina.

En el Frente Oriental, Pekín ha intensificado ejercicios militares alrededor de Taiwán, una demostración de fuerza con buques y aviones que señales su capacidad de presionar en caso de un conflicto mayor.

En América Latina, su influencia ha crecido de manera sostenida: Las inversiones en infraestructura, acuerdos comerciales y préstamos han convertido a China en un socio indispensable para varios gobiernos de la región.

Países como Cuba, Nicaragua y Venezuela han votado consistentemente con China en resoluciones clave de la ONU relacionadas con intereses económicos, lo que refleja una alianza política tangible, más allá de la retórica diplomática.

El enfoque chino no es sólo comercial; es político: ha persuadido a países a romper relaciones diplomáticas con Taiwán y respaldar su posición internacional, reconfigurando alianzas y erosionando bloques tradicionales de influencia estadounidense.

Sin embargo, a pesar de su crecimiento económico y diplomático, Pekín enfrenta limitaciones militares y estratégicas, como evidenció su incapacidad de proteger a ciertos aliados frente a acciones unilaterales de Washington en América Latina.

El tablero mundial está en plena redefinición

La geopolítica contemporánea no es una réplica exacta de la Guerra Fría, pero sí una competencia estructural por esferas de influencia. Estados Unidos busca reafirmar su dominio regional y global, Rusia opera como socio estratégico con enfoque militar, y China proyecta poder económico y diplomático con aspiraciones crecientes en el Indo-Pacífico y más allá.

Cada país está, a su manera, intentando ruling the world —controlar recursos, alianzas, mercados y narrativa global. La disputa no es solo por territorios o soldados; es por sistemas de valores, modelos económicos y la definición misma del futuro internacional.